Treinta años de cambio: La complejidad como constante

Treinta años de cambio

Javier Tovar Sahuquillo

Categorías:

InvestigaciónAnálisisAdding Technology

2026-07-10

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La informática empresarial no ha evolucionado en línea recta. Ha avanzado a saltos, con cambios de paradigma que han obligado a las empresas a reorganizarse una y otra vez.

Hace treinta años, la atención se centraba en el PC corporativo, el modelo cliente-servidor y las primeras redes internas. La informática era una función de control: mantener servidores, instalar software, proteger accesos y garantizar que los sistemas críticos siguieran funcionando. Era una etapa más artesanal y frágil de lo que hoy recordamos.

El reto no era solo técnico. También había que convencer al negocio de que la inversión tenía sentido.

Luego llegó el año 2000 y el efecto Y2K, una prueba de estrés que dejó una lección muy clara: muchas organizaciones no conocían realmente su propia infraestructura. Dependían de sistemas antiguos, documentación incompleta y una deuda técnica acumulada durante años. A partir de ahí, conceptos como legacy, technical debt, resiliencia y observabilidad pasaron a ser centrales.

La siguiente década estuvo marcada por la expansión de internet, la banda ancha y la movilidad. La informática dejó de ser interna y pasó a ser visible para clientes y mercado. Ya no bastaba con soportar procesos internos: había que integrar web, CRM, comercio electrónico y movilidad, con una presión creciente por parte del negocio.

En esa etapa se multiplicaron los proveedores. Uno para la infraestructura, otro para la seguridad, otro para la base de datos, otro para la web. Y cuando surgía un problema, aparecía una realidad incómoda: la tecnología no falla por piezas, falla por sistemas. El CIO dejó de ser solo un gestor técnico para convertirse en un orquestador entre negocio, operación y tecnología.

Después llegó la nube. Primero se vio como una forma de ahorrar costes; luego, como una palanca de agilidad; y más tarde, como una nueva forma de dependencia. La complejidad no desapareció: se repartió entre hyperscalers, SaaS, redes, identidades, integraciones y contratos.

Además, la fragmentación organizativa se hizo más visible. Cada departamento quería su propia herramienta, su propia autonomía y su propia rapidez. Eso generó más integraciones, más costes y más riesgo.

En paralelo, la ciberseguridad pasó a la agenda de dirección. Ya no se trataba solo de antivirus o firewalls, sino de identidad, segmentación, continuidad, terceros, cumplimiento y recuperación. La pregunta ya no es si habrá un incidente, sino cuándo.

La inteligencia artificial ha añadido una nueva capa de presión. El negocio quiere resultados rápidos, pero la IA no soluciona por sí sola una organización desordenada. Si los datos están dispersos, los procesos mal documentados y la arquitectura es compleja, la IA puede incluso evidenciar más las debilidades existentes.


En conclusión

La historia de la informática empresarial no va solo de herramientas. Va de confianza: en los sistemas, en los proveedores, en los datos y en la capacidad de recuperación.

Y también va de simplificación. Muchas organizaciones han acumulado tantas plataformas, licencias y servicios que operan con un nivel de complejidad que nadie domina por completo. Cuando falla la coordinación entre proveedores, aparece el verdadero problema: el espacio entre ellos.

Treinta años después, la constante sigue siendo la misma: hacer que sistemas, personas y proveedores funcionen juntos sin que la empresa se convierta en rehén de su propia complejidad